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No necesitas ser idiota para gustar en LinkedIn

Andrés Ortiz Moyano

Hace algunos años se me ocurrió publicar una oferta de trabajo en LinkedIn. Buscábamos un profesional de la comunicación especializado en redes sociales y otros blablablás digitales. La historia ni empezó ni acabó bien. Aquello porque la avalancha de CV casi me colapsa la bandeja de entrada; y esto porque el seleccionado acabó siendo más flojo que un muelle de guita. Pero como decía Conan, esa es otra historia.

La cuestión es que, de toda aquella deprimente experiencia, sublimó una conclusión: no vuelvo a pedir un CV a nadie. Pensándolo bien, dedicándote a la comunicación, el marketing y los entornos digitales, nada mejor que ver el perfil de LinkedIn. Es decir, un candidato que lo tenga cuidado, actualizado, con una foto decente y no de la orla de 1998, per se habla bien de su desempeño digital y de su cuidado por la comunicación digital.

Ufano por la conclusión alcanzada, poco después abrimos otro proceso de selección que publicamos única y exclusivamente a través de los perfiles de la empresa. Aparte de ahorrarnos un dinerito que gustosamente nos gastamos en tinta para una impresora que nunca usamos, la nueva búsqueda fue mucho más escalonada y filtrada. Abrumadora, sí, pero con cierta estructura eficiente que nos permitió filtrar mejor los perfiles.

El primer y el segundo día todo era felicidad, alegría y alboroto, habida cuenta de la profesionalidad de muchos perfiles consultados. El tercero, quizás condicionado porque era cierre de trimestre y la guadaña de la Parca a.k.a. Hacienda se cernía sobre nosotros, no lo fue tanto. Me percaté de algo inquietante: la inmensa mayoría de los perfiles, aún en su profesionalización, eran prácticamente iguales. No iguales tipo bots, sino más bien que aquello parecía una conjunción de vainas de Los Ladrones de Cuerpos. La inmensa mayoría hacía el mismo tipo de comentario, compartía el mismo tipo de publicaciones, daba la misma suerte de respuestas planas del tipo “Me lo apunto, Edgardo (por ejemplo). Gracias por compartir” o “Muy de acuerdo con tu comentario, Saturnino”, o “¡Qué importante es el salario emocional, Gertrudis! (carita sonriente)”. El bajonazo experimentado me retrotrajo a cuando en la discoteca, justo cuando sacaba los tanques a la calle a la desesperada, el portero engorilado encendía las luces. (You know what I mean…).

Me apena profundamente que, en este mundo tan interconectado, sin aparentes barreras físicas y de posibilidades infinitas, hayamos elegido que la homogeneidad sea nuestra marca distintiva. Presumimos de modernos digitales y nos aterra salirnos de las líneas rojas puestas por los censores de lo trendy, lo cool y lo políticamente correcto. ¡Señores! ¡Señoras! Discrepen con lo establecido, por favor. ¡Sean rebeldes! Damos más que por supuesta su profesionalidad así que, ¿de qué tienen miedo? Nada enriquece más una empresa o un proyecto, especialmente de comunicación y marketing, que alguien con voz propia, que aporta valores y opinión además de su experiencia y sentido común. Es más, desde que contratamos perfiles discrepantes, no hemos parado de crecer.

No lo duden: quemen su CV a lo Farenheit 451, preparen bien su LinkedIn y llévenme la contraria. Les estaré eternamente agradecido.

Fuente: Mentes Inquietas.

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